Son curiosos algunos de los sistemas en que se pensó en la antigüedad para realizar viajes por el espacio. Alas para volar… naves tiradas por palomas… o frascos con rocío que eran atraídos por el Sol…

Ya en el siglo XIX, el novelista francés Julio Verne (1828-1905) en De la Tierra a la Luna (1865) se imaginaba un viaje a la Luna en una bala hueca impulsada por un enorme cañón y, en 1869, Edward Everett Hale (1822-1909), un escritor estadounidense, publicaba The Brick Moon (La Luna de ladrillo) y un año más tarde Life in the Brick Moon (Vida en la Luna de ladrillo), en las que imaginaba un satélite artificial por primera vez, en órbita alrededor de la Tierra, formado por varias esferas de ladrillo conectadas por arcos del mismo material, con gente en su interior.
Otro satélite artificial surgía por accidente en 1879 en Los quinientos millones de la Begún, también de Julio Verne, en la que se construía un enorme cañón que, al lanzar un proyectil a una velocidad superior a la pretendida, lo ponía en órbita.
Otro conocido autor de ciencia ficción, el inglés H. G. Wells (1866-1946), justo en el cambio de siglo, escribía La Guerra de los Mundos (1898), en la que se trataba el tema de una guerra con los marcianos, y Los primeros hombres en la Luna (1901), que narra un viaje de dos personas a la Luna gracias a una esfera hecha con un material antigravitatorio.
Para el escritor y científico Arthur C. Clarke: “No hubiera llegado ningún hombre a la Luna si no hubiera sido por Wells y Verne, y por la gente que escribió sobre ello e hizo pensar a la gente en ello.”.

